Gabriel García Márquez

Premio Nobel de Literatura


La historia nos regala momentos y recuerdos, en esta oportunidad hablaremos un poco de Gabriel García Márquez, quien estudió Derecho en la Universidad Nacional de Colombia, pero lo abandonó para dedicarse al periodismo y la literatura. En 1955, publicó La hojarasca, su primera novela. En 1961, se instaló en Ciudad de México. El mismo año publicó El coronel no tiene quien le escriba y al año siguiente Los funerales de Mamá Grande. En 1967, mandó publicar en Buenos Aires Cien años de soledad, la obra que lo consagró a nivel mundial. En 1972, ganó el Premio Rómulo Gallegos y en 1982, el Premio Nobel de Literatura.

Tomando en cuenta, algunas de sus grandes obras, tales como: El otoño del patriarca (1975), Crónica de una muerte anunciada (1981), El amor en los tiempos del cólera (1985) y Noticia de un secuestro (1996). Sus memorias fueron publicadas en 2002 con el título de Vivir para contarla.

También, en sus últimos años padeció de cáncer linfático, mal que provocó su muerte el 17 de abril de 2014, en Ciudad de México. Y ya desde 1953 colabora en el periódico de Barranquilla El nacional: sus columnas revelan una constante preocupación expresiva y una acendrada vocación de estilo que refleja, como él mismo confesará, la influencia de las greguerías de Ramón Gómez de la Serna. Su carrera de escritor comenzó con una novela breve, que evidencia la fuerte influencia del escritor norteamericano William Faulkner: La hojarasca (1955).

Seguidamente, la acción transcurre entre 1903 y 1928 (fecha del nacimiento del autor) en Macondo, mítico y legendario pueblo creado por García Márquez. En 1961 publicó El coronel no tiene quien le escriba, relato en que aparecen ya los temas recurrentes. En 1962 reunió algunos sus cuentos bajo el título de Los funerales de Mamá Grande, y publicó su novela La mala hora. Muchos de los elementos de sus relatos cobran un interés inusitado al ser integrados en Cien años de soledad. En la que Márquez edifica y da vida al pueblo mítico de Macondo (y la legendaria estirpe de los Buendía): un territorio imaginario donde lo inverosímil y mágico no es menos real que lo cotidiano y lógico; este es el postulado básico de lo que después sería conocido como realismo mágico. Se ha dicho muchas veces que, en el fondo, se trata de una gran saga americana. En suma, una síntesis novelada de la historia de las tierras latinoamericanas. En un plano aún más amplio puede verse como una parábola de cualquier civilización, de su nacimiento a su ocaso.

Además, tras este libro, el autor publicó la que, en sus propias palabras, constituiría su novela preferida: El otoño del patriarca (1975), al que seguiría el libro de cuentos La increíble historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1977), y Crónica de una muerte anunciada (1981). El amor en los tiempos del cólera, se publicó en 1987. En 1982 se le otorgó el Premio Nobel de Literatura.

Del mismo modo, una vez concluida su anterior novela vuelve al reportaje con Miguel Littin, clandestino en Chile (1986), escribe un texto teatral, Diatriba de amor para un hombre sentado (1987), y recupera el tema del dictador latinoamericano en El general en su laberinto (1989), e incluso agrupa algunos relatos desperdigados bajo el título Doce cuentos peregrinos (1992). Del amor y otros demonios (1994) y Noticia de un secuestro (1997). En 2002, García Márquez publicó el libro de memorias Vivir para contarla, el primero de los tres volúmenes de sus memorias. La novela, Memoria de mis putas tristes, apareció en 2004.

Resaltando, que en 2007, la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española lanzaron una edición popular conmemorativa Cien años de soledad.

Finalmente,  muere el 17 de abril de 2014, dejando en los corazones de Latinoamérica un gran legado y una huella firme por el amor a la literatura, por ello, hoy se quiso brindar homenaje a este talentoso escritor dando a conocer a los lectores, un discurso maravillo, que en voz y en pluma del gran Gabriel García Márquez, en la actualidad podemos leer y disfrutar.

El siguiente texto es extraído de uno de las maravillosas obras literarias de García Márquez (conocido como Gabo) “Yo no vengo a decir un discurso”.

Prefacio para un nuevo Milenio

Caracas, Venezuela, 04 de marzo de 1990

Esta exposición temeraria se inaugura en un momento histórico en que la humanidad empieza a ser distinta. Cuando Milagros Maldonado la concibió, hace unos tres años, el mundo estaba todavía en las penumbras del siglo XX, uno de los más funestos de este milenio moribundo. El pensamiento era cautivo de dogmas irreconciliables e ideologías utilitarias sembradas en el papel y no en el corazón de la gente, y cuyo signo mayor era la ficción conformista de que estábamos en la plenitud de la aventura humana. De pronto, un ventarrón de no se sabe dónde empezó a resquebrajar ese coloso con pies de barro y nos hizo entender que veníamos por el camino errado desde quién sabe cuándo. Pero al contrario de lo que podría parecer, éstos no son los preludios de un desquiciamiento, sino todo lo contrario: el largo amanecer de un mundo presidido por la liberación total del pensamiento, para que nadie sea gobernado por nadie más que por su propia cabeza.

Tal vez nuestros antepasados precolombinos vivieron una experiencia similar a ésta en 1492, cuando una partida de navegantes europeos se encontró en estas tierras atravesadas en el camino de las Indias. Nuestros remotos abuelos no conocían la pólvora ni la brújula, pero sabían hablar con los pájaros y averiguar el futuro en los lebrillos, y tal vez sospecharon, mirando las estrellas en las noches inmensas de su época, que la Tierra era redonda como una naranja, pues ignoraban grandes secretos de la sabiduría de hoy, pero ya eran maestros de la imaginación.

Fue así como se defendieron de los invasores con la leyenda vivencial de El Dorado, un imperio fantástico cuyo rey se sumergía en la laguna sagrada con el cuerpo cubierto con polvo de oro. Los invasores les preguntaban dónde estaba y ellos señalaban el rumbo con los cinco dedos extendidos. «Por aquí, por allá, más allá», les decían. Los caminos se multiplicaban, se confundían, cambiaban de sentido, siempre más lejos, siempre más allá, siempre un poquito más. Se volvían tan imposibles como fuera posible para que los buscadores enloquecidos por la codicia pasaran de largo y perdieran el rastro sin caminos de regreso. Nadie encontró nunca El Dorado, nadie lo vio, nunca existió, pero su nacimiento puso término a la Edad Media y abrió el camino para una de las grandes edades del mundo. Su solo nombre indicaba el tamaño del cambio: el Renacimiento.

Cinco siglos más tarde la humanidad debió sentir otra vez el estremecimiento de que otra nueva era empezaba cuando Neil Armstrong plantó su huella en la Luna. Estábamos con el alma en un hilo en el verano solar de Pantelaria, una isla desértica al sur de Sicilia, viendo en la televisión aquella bota casi mística que buscaba a ciegas la superficie lunar. Éramos dos parejas europeas, con sus niños, y dos parejas de América Latina, con los suyos. Al cabo de la espera, la bota extralunar posó su planta en el polvo helado y el locutor recitó la frase que debía estar pensada desde el principio de los siglos: «Por primera vez en la historia de la humanidad, un ser humano ha puesto un pie en la Luna». Todos estábamos levitando ante el pavor de la Historia. Todos, menos los niños latinoamericanos que preguntaron a coro: “¿Pero es la primera vez?”. Y abandonaron la sala defraudados: «¡Qué tontería!». Pues para ellos, todo lo que alguna vez hubiera pasado por su imaginación –como El Dorado– tenía un valor de hecho cumplido. La conquista del espacio, tal como la suponían en la cuna, había ocurrido hacía mucho tiempo. Y sólo allí ocurrió.

Así, en el mundo del futuro inminente, nada estará escrito de antemano ni habrá lugar para ninguna ilusión consagrada. Muchas cosas que ayer fueron verdad no lo serán mañana. Quizás la lógica formal quede degradada a un método escolar para que los niños entiendan cómo era la antigua y abolida costumbre de equivocarse, y quizás la tecnología inmensa y compleja de las comunicaciones actuales sea simplificada con la telepatía. Será una especie de primitivismo ilustrado cuyo instrumento esencial ha de ser la imaginación.

Entramos, pues, en la era de la América Latina, primer productor mundial de imaginación creadora, la materia básica más rica y necesaria del mundo nuevo, y del cual estos cien cuadros de cien pintores visionarios pueden ser mucho más que una muestra: la gran premonición de un continente todavía sin descubrir, en el cual la muerte ha de ser derrotada por la felicidad, y habrá más paz para siempre, más tiempo y mejor salud, más comida caliente, más rumbas sabrosas, más de todo lo bueno para todos. En dos palabras: más amor.




Hermilys Fontanive

Hermilys Fontanive

Licenciada en Comunicación Social, mención Publicidad y Relaciones Públicas. Locutora. Asesor(a) en Investigación. Presidente de la Fundación Deportiva y Educativa Somos Más para la Formación y Capacitación (Fundesforca) en Venezuela.

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