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¿Qué pasa cuando te relajas?

Así nos regulamos emocionalmente frente al estrés


Nuestro cuerpo es una máquina casi perfecta, desarrollada durante miles de años para adaptarse a las dificultades que se iban encontrando en el medio: desde la prehistoria en la que un mamut que cuadriplica nuestro tamaño lucha por no ser cazado hasta la experiencia de un tsunami abriéndose paso por las calles a comienzos de este siglo, pasando por situaciones como las que algunas personas pudieron vivir en año 1400 al verse sorprendidos en un sendero por unos ladrones que estaban escondidos tras unos matorrales... En todas estas situaciones nuestro cuerpo activa todos los mecanismos para protegernos. Hiperventila para darnos oxígeno, tan necesario para hacer latir nuestro corazón y que esa sangre tense y mueva los músculos para que podamos correr veloces. Y hasta nuestras pupilas se dilatan permitiéndonos ver más allá y que nuestra atención se focalice en lo importante y no pensemos en otra cosa que no sea ese peligro que nos acecha.

Pero entonces, ¿por qué nos molesta tanto la temible ansiedad? Porque en un examen o en una reunión de trabajo en realidad no queremos correr y luchar contra el profesor o con nuestro jefe. Lo que queremos es tener unos niveles de ansiedad que nos ayuden a estar despiertos y atentos pero que no nos entorpezcan.

La ansiedad es una reacción humana natural que afecta a la mente y al cuerpo. Tiene una importante función básica de supervivencia: la ansiedad es un sistema de alarma que se activa cuando una persona percibe un peligro o una amenaza.

Cuando el cuerpo y la mente reaccionan al peligro o la amenaza, una persona siente sensaciones físicas de ansiedad: cosas como la aceleración del ritmo cardíaco y respiratorio, tensión muscular, las palmas de las manos que sudan, un malestar en el estómago y temblor en las manos y las piernas. Estas sensaciones son parte de la respuesta del cuerpo de “huir o luchar”. Están provocadas por un aumento de la producción de adrenalina y otras sustancias químicas que preparan al cuerpo para escapar rápidamente del peligro. Pueden presentarse como síntomas leves o extremos.

Por suerte estamos dotados con un pequeño mecanismo de autorregulación que nos permite rebajar esos niveles de ansiedad cuando nuestro raciocinio detecta que no necesitamos defendernos.

Como un reloj, nuestro cuerpo funciona como un sistema de engranajes en el que si tocas uno, se produce una reacción en cadena. Cuando introduces menos oxígeno en tu cuerpo, respirando profunda y lentamente, nuestros latidos disminuyen y nuestros músculos se destensan. Nuestra mente se abre a la creatividad y las nuevas ideas fluyen, nuestra atención se expande y nuestra memoria se agudiza.

Como todo en la vida, cuanto más entrenamos este mecanismo de autorregulación más capaces seremos de serenarnos en los momentos estresantes. Practicar habitualmente con pequeños ejercicios de relajación, como la respiración diafragmática, nos ayudará a reconciliarnos con nuestra ansiedad, que tanto nos ayuda en momentos de estrés avisándonos de las cosas importantes y activándonos para llevarlas a cabo.

Fuente: ABC


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