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La pobreza, la publicidad y el azúcar

alimentan la obesidad infantil


Cuando el día está repleto de adversidades vitales y de incertidumbre económica, quizá lo menos que deseemos al caer la noche sea cenar brócoli hervido junto con un poco de arroz. Y mucho menos, pelearte con tus hijos por una verdura tan sana como amarga. Unas salchichas baratas, un bote de tomate frito, acabar pronto, degustar ese dulce sabor del azúcar y del glutamato monosódico. Unas calorías de más, unos nutrientes de menos, pero la felicidad también es esto. Los niños engordan por diversos motivos, pero es sobre todo el precio de la cesta de la compra el que explica por qué la obesidad infantil afecta al 23% de los niños de familias con menos ingresos brutos anuales.

El pediatra Carlos Casabona resume que se puede comer saludable con poco dinero, “pero es muy aburrido, tendrías que estar comiendo lentejas, garbanzos, arroz y patata todos los días, porque si te sales de ahí, todo es caro. Las frutas y las verduras ya no se consiguen con precios bajos por kilo y no encuentras frutos secos por menos valor. La caloría saludable es bastante cara en general”. 

En un estudio realizado  se desprende una clara relación entre obesidad infantil y renta, pero más allá de este dato, la panorámica general que ofrece la investigación —que se repite aproximadamente cada cinco años— es que cuatro de cada diez niñas y niños de entre seis y nueve años tienen sobrepeso u obesidad (23,3 y 17,3%, respectivamente). Solo el 0,9% sufre delgadez, mientras que el 58,5% se encuentra en valores adecuados de salud. 

Para esta epidemia más contagiosa que el covid no hay intención de invertir en vacunas, más bien al contrario. “De cinco anuncios de alimentación insana, cuatro se dirigen a niños”, alerta el portavoz de Justicia Alimentaria. “España solo tiene un código de autorregulación voluntaria que han escrito las propias empresas, por lo que se permite publicitar cualquier alimento y solo limita el tipo de imagen”, explica Guzmán. 

Portugal prohibió el pasado año la publicidad de productos con elevadas cantidades de sal, azúcar, y grasas saturadas en horario infantil. Previamente, gravó el azúcar y entre 2008 y 2016 consiguió reducir la tasa de sobrepeso del 37,9 al 30,7% y la obesidad del 15,3 al 11,7%. La Organización Mundial de la Salud (OMS) felicitó sus políticas públicas el 4 de marzo, con motivo del Día Mundial de la Obesidad. 

La socióloga especialista en salud pública en la Universidad del País Vasco Amaia Bacigalupe advierte del peligro de que los estudios relacionen obesidad con renta porque “se quedan en lo superficial y llegan a estigmatizar”. “Aunque pensemos que anteponer la salud de tus hijos es una decisión lógica, cuando no sabes si tendrás para pagar la luz, apuntar al niño a balonmano para que haga actividad física puede que no sea una prioridad”, señala.

Sobre las rentas altas, apunta a que el enfoque médico cala más entre las personas con estudios superiores y la moda de lo healthy como forma de vida, solo así se puede entender que la tasa de delgadez sea más alta entre quien tiene dinero que a quien le falta. “Con toda la centralidad que tiene lo gastronómico en nuestra cultura, hay muchas variables con gran influencia difíciles de explicar”, concluye sobre lo que en sociología se conoce como falacia ecológica, “observas una cosa y cuando escarbas, resulta que es lo contrario”. 

Con o sin dinero para evitar que los niños pasen la tarde delante de la televisión en ciudades robadas a sus habitantes —sin patios de manzana de uso colectivo, con escasas zonas verdes, con plazas con carteles de prohibido jugar al balón—, “competir con una manzana no es tan fácil cuando tus hijos tienen cuatro y siete años”, resume Diana Oliver, autora del álbum ilustrado ¡Ñam! Sobre lo que comemos, un libro para leer en familia y prologado por el nutricionista Julio Basulto.

Oliver es madre de dos hijos, sigue una dieta ovolacteovegetariana y es periodista. Escribió ¡Ñam! porque era el libro que soñaba que tuvieran sus hijos. “Creo que el libro informativo es una buena herramienta para hacer llegar una información que no siempre es sencilla, o no es fácil transmitirla sin que genere rechazo”, sostiene. En él aborda dos de los momentos más conflictivos para cualquier familia: el desayuno y la merienda. Tratar de evitar que se cuelen a diario los cereales, las galletas y las leches con cacao azucarado suele ser una batalla pérdida de antemano para demasiadas familias.  

Y es una guerra que suele empezar en la farmacia, cuando el niño aún es un bebé. Casi el 90% de los bebés toma cereales hidrolizados —polvos que se mezclan con agua o leche para tomar en biberón o en papilla—. Otra trampa más, contiene un 20% de azúcar. Un bebé de entre cero y un año no debería tomar azúcar según la OMS, pero en España, un bebé consume kilo y medio de azúcar en cuatro meses, indica el informe Mi primer veneno de Justicia Alimentaria. Y casi el 30% de esos cereales se compran en farmacia, establecimiento que se asocia a salud. ¿Cómo deconstruir ese paladar goloso? “A los seres humanos nos gusta el azúcar, y si metes azúcar en la dieta de un bebé, luego no le gustará lo que no sea empalagoso”, indica Jaime Guzmán.

Muchas guarderías y escuelas obligan a las familias a llevar galletas para el tentempié de la mañana, mucho más baratas que un kilo de manzanas, plátanos y naranjas

Acostumbrado a pasar consulta a todo tipo de niños, el pediatra Carlos Casabona resume que hay dos tipos de problemas: “Niños que comen muy mal y otros que comen bien, pero demasiada cantidad”. Alerta que entre este último grupo es frecuente encontrar “hambre emocional” en “niños de padres separados, un poco tristones y que a partir de los ocho o nueve años, de manera inconsciente, acaban comiendo de más”. 

Para el pediatra, los menús que sirven los comedores de la escuela no son un problema. Recuerda que para los niños de familias económicamente vulnerables suponen la principal fuente de nutrientes del día e insiste que los ágapes escolares de los comedores solo representan el 9% de las ingestas de los críos que sí pueden realizar cinco comidas al día (150 de 1.725 ingestas al año), por lo que entiende que el comedor no es un foco de obesidad infantil. 

Pero aunque las cocinas escolares y los caterings intenten seguir una dieta más o menos adecuada, Diana Oliver añade un detalle importante: “Muchas escuelas infantiles obligan a llevar galletas para el almuerzo”. Sin ofrecer opciones a las familias, en muchos centros hasta los seis años de edad, cada viernes un niño de clase es el encargado de llevar el siguiente lunes el tentempié para todos sus compañeros. Las galletas vuelven a ganar la partida. No hay que pelarlas ni cortarlas, las comen sin insistir y, lo más importante de todo, pueden participar todas las familias. Un paquete de marca blanca de tamaño familiar es mucho más barato que tres kilos de manzanas, plátanos y naranjas. 

“La clase de marca qué comes y qué no comes, y las clases populares no tienen sirvientes ni tiempo para cocinar. Esos alimentos que dan un pequeño placer, un autoconsuelo, no son una elección, son una consecuencia”, indica Javier Guzmán, portavoz de Justicia Alimentaria

Los ingresos de muchas familias no dan para la compra de los productos frescos y son los que más se han encarecido durante la pandemia.

La ganadería industrial ha abaratado los componentes y ha fomentado una industrialización de la comida con poco aporte nutricional y un exceso del consumo de carne, que en España se sitúa ocho veces por encima de la recomendación de la OMS. “Si la industria no externalizara sus impactos en el medio ambiente y en la salud, si esas empresas tuvieran que asumir los costos. Pero los costos los pagamos nosotros, con nuestra salud, ese es el drama”, concluye Javier Guzmán. 

Fuente: El Salto


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