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¿Qué pasa cuando cuestionas lo que piensas?

¿Qué pasa cuando no te apetece hacer nada?


Nuestra mente funciona de una manera muy particular cuando percibe algún estímulo, tanto si viene de nosotros mismos como de fuera, al que intenta dar significado. Las frases «no pienses eso» o «deja de darle vueltas al tema» son muy frecuentes hoy en día. Pero lo primero que tienes que saber cuándo las escuches es que «no se puede no pensar» cuando algo nos ocurre o nos afecta. Por mucho que te empeñes en «no pensar», los pensamientos aparecerán.

Ante un acontecimiento o una situación, lo interpretamos y le damos un significado de modo que nos hace sentir de una determinada manera y nos impulsa a actuar en una cierta dirección.

Cada cual interpreta lo que hay a su alrededor según sus propios criterios, sus experiencias y su historia de aprendizaje, que es lo que en realidad guía lo que sentimos y hacemos. Es decir, cada uno tiene unas «gafas» con las que interpreta la realidad. En ocasiones, estas «gafas» no funcionan correctamente, nos generan malestar. Por eso darnos cuenta de que podemos estar equivocados, de que hay otras interpretaciones posibles, es fundamental para sentirnos bien. Es decir, a veces hay que «calibrar estas gafas», asegurarnos que no están viendo las cosas más «negras» o más «rosas» de lo que realmente son.

Cuando las «calibramos», es decir, cuando cuestionamos lo que pensamos, establecemos nuevas relaciones con nuestra realidad, le decimos a nuestra cabeza que eso que tiene tan seguro, eso que damos como verdadero al 100%, es probable que no lo sea y en realidad necesitamos pruebas para creer en ello. Al preguntarnos sobre la objetividad de lo que pensamos o sobre para qué nos sirve pensar así, empezamos a relacionarnos de manera más flexible con nuestros pensamientos, asumimos que hay más interpretaciones posibles, menos duras con nosotros o con los demás, y esto permite que aparezcan nuevas asociaciones con lo que nos rodea.

Además, cuestionarnos lo que pensamos nos hace más libres, porque nos abre nuevas posibilidades para hacer y actuar. Si asumimos que cualquier cosa que hagamos estará mal ¿cómo vamos a enfrentarnos a cualquier nuevo reto?

Lo importante no es tanto que te quedes convencido de que las cosas son de otra manera, sino que aceptes que pueden ser de otra manera y estés dispuesto a comprobarlo. El objetivo no es no pensar, sino cuestionar lo que pensamos.

La mente es como una casa que recibe invitados. Alguno de esos invitados serán desagradables y otros serán apreciados y amigables invitados. Pero sí, todos ellos están invitados diariamente a venir a nuestra casa. Cuando vienen los invitados desagradables, son molestos, hacen ruido y hacen que hagamos las cosas con más desgana. Cuando entran los invitados agradables las emociones que les acompañan serán motivantes y nos apetecerá que sigan apareciendo en nuestra vida.

Cuando estamos inactivos cerramos la puerta a esos invitados agradables que traen regalos a nuestra casa y prestamos atención a esos invitados molestos y desagradables. Cuando estamos activos, por el contrario, los invitados se mezclan y podemos prestar atención a ambos, e incluso, los desmanes que los invitados negativos hagan, quedan solapados por los regalos de los invitados agradables. El día tiene 24 horas. Cuantas más horas pasamos haciendo cosas placenteras y saludables, nuestra realidad personal será más saludable y placentera y nos sentiremos mejor.

Se podría decir que nuestro estado de ánimo es el resultado de una imaginaria balanza, donde se sopesa la cantidad y la calidad de eventos positivos y negativos. Si queremos subir el estado de ánimo, debemos, por tanto, incrementar la entrada de lo positivo.

Además, existe una relación causal y directa entre el número de actividades agradables que realizamos y la calidad de nuestro estado de ánimo. Esta relación es tan evidente como para notar los efectos día a día. Habitualmente, los días más felices de la semana, para la mayoría de las personas, son aquellos en que más actividades placenteras se realizan: los fines de semana. Normalmente, los sábados y los domingos se suelen dedicar a los deportes, a estar con los amigos, a leer, a ir al cine, a salir, y a un sinfín de actividades que provocan que el estado de ánimo sea alto. Este fenómeno es aún más visible durante las vacaciones.

Cuando dejamos de hacer actividades tenemos más tiempo para pensar en aquello desagradable que estemos teniendo en la cabeza, por lo que los pensamientos desagradables estarán envolviendo toda nuestra atención.

Además, esas actividades que dejamos de hacer pueden pasar a ser ocupadas por otras personas, por lo que nos sentiremos desplazados y menos eficaces. Lo que sucede al aislarnos es que dejamos de recibir el refuerzo social y la compañía de los demás.

Fuente: ABC Bienestar


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