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Cuatro tipos de envidia

Adivina cuál es la menos dañina


Dice un sabio que nunca serás feliz si te atormenta que otro lo sea más que tú, y es que cuando algo nos perturba, en el sentido de que otra persona consiga sus metas, nos puede llevar a la envidia, muchas veces, sin que nos demos cuenta.

Irene López Assor, psicóloga y autora de “10 obstáculos que te impiden ser feliz, señala que una parte de la envidia está asociada a la tristeza, así que estamos hablando de una emoción básica e inherente al ser humano: «Cuando aprendemos a identificar la envidia de una forma más natural, vamos a ser capaces de controlar la conducta que la genera, como la impulsividad, la ira, la tristeza, y el sentimiento de inutilidad ante nosotros mismos y la sociedad. La envidia frena el camino que deberíamos de elegir de manera individual y, por ende, nuestro propósito de vida».

Reconocer ese «pellizco» en el estómago cuando alguien ha logrado algo que tú no y estabas en esa lucha es difícil y doloroso, pero una vez reconocido el sentimiento y la sensación, asegura la psicóloga que «puedes aprender del otro, desearle que le vaya bien y no interfiera en tus emociones».

Para esto debemos de saber qué tipos de envidia hay... Por un lado está la famosa «envidia de la buena» o lo que coloquialmente llamamos envidia sana, que es útil, es decir, puede llegar a expandirnos y servirnos de motivación para mejorar ciertos aspectos de nuestra vida; y por otro lado está la más temida, la «envidia mala», relacionada con la deshonestidad y la conducta inmoral: «El objetivo de esta es derrotar al otro, infravalorando los logros o éxitos alcanzados», indica Irene López Assor. Frases del tipo: «No es tan guapo», «su trabajo es normal, no es para tanto» o el famoso «está ahí porque le han enchufado» demuestran que podría haber resquemor al pronunciarlas.

Pese a que las más identificables son estas dos, la autora de “10 obstáculos que te impiden ser feliz” reconoce, al menos, otros dos tipos: el “schadenfreude”, o alegría maliciosa, y el síndrome de Procusto.

La primera es cuando se siente una profunda alegría por el fracaso de los demás o vemos que alguien de nuestra competencia fracasa. Asegura Irene López Assor que no solo nos sentimos bien, también sentimos que una voz interior que deseaba su fracaso canta victoria. Al parecer, esto se produce porque intentamos revindicar una posición personal y porque sentimos que cuanto peor le vaya a la competencia, mejor nos va a ir a nosotros.

El síndrome de Procusto, tal como cuenta la psicóloga, está basado en un bandido de la mitología griega que decía que ataba a sus víctimas a la cama, si estas eran más altas que él les cortaba las piernas pero, si por el contrario eran más bajitas les estiraba sus extremidades: «Este mito nos muestra lo extremo de la envidia; habla de la envidia tóxica. La envidia que puede llegar hasta destruir las relaciones con el entorno y no solo la relación con los demás se vuelven tóxicas, lo importante es que a quien se destruye es a uno mismo, y la propia autoestima».

“Cabe destacar que igual de doloroso puede ser tener envidia que ser quien la paga... Lo que les ocurre a los envidiosos es que quieren ser como los demás en algún punto o parte de nuestra vida, y aquellos que sienten que tienen una vida normal, que no ha de ser envidiada, no terminan de entenderlo y les provoca sensaciones de tristeza... «Hemos de ser conscientes de que tener una vida normal, a día de hoy, es un bien muy preciado y motivo de envidia», manifiesta la psicóloga. Muchas veces, la envidia no tiene razón de ser: nos pueden envidiar por saber cocinar, porque nos vayamos pronto a la cama o por cosas muy normales que pueden estar a su alcance hacerlo, pero lo mejor es no responsabilizarse”.

Para dejar la envidia de lado lo esencial es reconocer cuando ésta aparece y, sobre todo, para darle un estado temporal en nuestro día a día. «Cuanto menos nos ocupe, si pueden ser décimas de segundo, mejor. Reconocer que se tiene envidia duele en el alma pero si entendemos que es un sentimiento humano, va a ser mucho más fácil y vamos a dotarle de razón del por qué se tiene ese sentimiento», plantea la especialista.

Una vez reconocida debemos dejar de mirar tanto a nuestro alrededor y empezar a mirar más a nuestro interior, ya que la envidia provoca mucha insatisfacción. Seguro que tenemos grandes cualidades y capacidades, pero tenemos que sacarlas a la luz. Si vivimos en la frustración continua nunca vamos a poder sacar toda esa potencialidad que se tiene como ser humano, no todo el mundo tenemos las mismas competencias y hemos de pensar y meditar qué es lo que puedo ofrecer al mundo.

Fuente: ABC


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